Propinas

Ya cuando llegó la sentencia del Tribunal Supremo a favor de Los Pelayos y en contra del Casino Gran Madrid, Los Pelayos ya habían cambiado de foco, de las ruletas al póquer.

Pero antes de empezar a hablar de ello, os contaremos algunas anécdotas de la familia en la época de la ruleta.

Por supuesto, que le ganaran a los casinos fue un factor determinante, pero el factor propinas era el que hacía que además los crupieres sintieran una gran antipatía por la familia, aunque muchos de ellos no solo acabaran siendo y aún son amigos, si no también parte de la familia. En los casinos los crupieres cada vez que ganas una jugada, sea la que sea, te miran a la cara y te dan las gracias forzándote así a dejarles propina. Gonzalo tenía prohibido dar propina ya que si das propina todas las veces que ganas pero el casino no te da propina todas las veces que pierdes, acaba siendo un gran porcentaje de las ganancias e incluso pueden llegar a convertirse en pérdidas.

Por esa razón el estar jugando durante ocho horas viéndole las caras a los crupieres no era nada fácil, había que tener mucha disciplina y si algo tenía la familia era eso.

Algunos fragmentos del libro “La fabulosa historia de Los Pelayos” con respecto a las propinas:

“…Lo único chocante era la frecuencia vergonzante con que los crupieres llegaban a parar el juego para insistirnos en su petición de las propinas. Asustados por esas turbas mendicantes,  comenzamos a ceder y entregar algo de nuestras ganancias para así intentar  alargar en lo posible el buen momento de suerte por el que estábamos pasando. No era nuestra costumbre ni nuestra regla, pero el escándalo que empezaba a organizarse en un casino relativamente pequeño, con muy pocos jugadores a esa hora de la aburrida tarde danesa, y un grupo de españoles jugando por lo máximo y ganando por todo lo alto, aconsejaban relajar un poco nuestros estrictos y sobrios principios. Pues ni por esas. Los voraces vikingos no se conformaban  con estos graves juicios y demandaban  más parte del botín, que seguía aumentando  a cada minuto.  Intentamos darles un capotazo proponiendo aplazar sus demandas para el final de la pelea, pero ellos se revolvían en un palmo de terreno y nos plantaban  cara parando repetidas veces el juego de la mesa. No había visto más desvergüenza ni en Nápoles ni en Cádiz, donde la han inventado, pero en su forma sana y artística. Aquí era soez y perdularia…”

“…Nos habíamos equivocado dando algunas propinas. Los jugadores profesionales como nosotros nunca deben darlas. Fue una debilidad imperdonable…”

“…De toda aquella experiencia nos quedó como positivo unos ingresos que al menos cubrieron  los gastos efectuados, algunas compras que cayeron en Oxford Street y en Candem Town, una lluviosa pero emocionante excursión a la ciudad de Oxford y el placer de haber trabajado en un país inteligente donde, en el entorno del juego, no se aceptan propinas y cuando te echan es absolutamente  legal e incluso bastante lógico…”

“…El siguiente destino de nuestra gira mediterránea  fue Ibiza… Allí había un crupier con pinta de longevo hippy, limpio y retirado, que fue un caso único que encontramos en el tema de las propinas.

—No, gracias. No las acepto —nos decía después de darnos dos veintiuno doblados.

—Déjeme que le regale el Cry of love de Hendrix, que acabo de encontrar en disco compacto —le insistía, esperando sorprenderle.

—No, gracias. Ya lo tengo…”

Años más tarde tanto Vanessa como Iván fueron crupieres de póquer y aunque las propinas le venían muy bien, nunca forzaron las circunstancias, es verdad que la tensión de las propinas en el póquer es menor que en la ruleta, pero nunca cambiaron su línea de pensamiento, Los Pelayos, aun siendo casa siempre han estado muy cerca del jugador. Cuando Los Pelayos entraban en el casino Gran Madrid, las cámaras giraban, los crupieres miraban y se notaba, como decía un compañero “he notado tensión”. Hoy en día cuando alguno de Los Pelayos va al casino aunque sea para un torneo de póquer, siempre se acerca a las ruletas para ponerlos nerviosos.

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